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La apuesta a lo inoxidable, el rock!

Por Ezequiel Giardelli

Desde aquel 1987 en el que las manos quedaron vacías de aplausos para los grandes que hicieron más grande a nuestro rock argentino (como le gusta decir a Charly), y aun pasando por las dos ediciones que intentaron recuperar aquel espacio mal cedido por productores de pacotilla y una ciudad que siempre prefirió darle la espalda al festival; la frase del Flaco Spinetta “que haya más La Falda Rock, y que sea un festival de la paz y el amor”, parece haber sido la musa inspiradora para esta nueva camada de generadores de espectáculos, mucho más comprometidos con la calidad de escena (como la vieja escuela de Mario Luna) y profesionalizados en todo lo que respecta a infraestructura, luces y sonido –aunque nuestro domo siga siendo el dolor de cabeza de todo músico, técnico e ingeniero de sonido-.
Llegó la segunda edición consecutiva de La Falda Rock, en este nuevo formato “indoor”, y la variante fue centralizar una importante cartelera en una sola jornada. Una sola fecha para vibrar con nueve horas de show, en un desfilar incesante de figuras por el escenario.
Los encargados de abrir la grilla, como dueños de casa y anfitriones, fueron los chicos de Notakustica, sacándose las ganas acumuladas del año anterior y mostrando una performance que pudieron aceitar en este tiempo de espera y trabajo. Un frontman sin miedos y bien plantado que se apoya en una segunda voz bien construida y un set de doble guitarra y bajo qué bien se llevan con los parches de una batería dominante que marca los tiempos a la perfección. Debut en el escenario de los grandes con aplausos, medalla y besos (que se extendieron hasta varias horas post actuación).
De inmediato, una avalancha ansiosa se llegó hasta el vallado al coro de “hijo de puta”, título del tema (y del disco) de la, para muchos, ignota banda Asspera, que hace honor a la definición que ellos mismo dan de su perfil: metal bizarro. Mezcla de heavy metal, hard-rock y cortes de humor que rozan lo escatológico, lo extravagante, lo incoherente y hasta mensajes de protesta frente a la sociedad argentina, los gobiernos y las desgracias humanas. Al parecer, las máscaras que ocultan sus rostros hacen que esta banda identifique a su público en un mismo universo donde no importa quién es quién, sino donde todos son iguales. Power en lo musical y escénico, mérito del oficio de sus integrantes.
En bambalinas, se podía divisar los clásicos pijamas que hacía 16 años no se mostraban en el mítico escenario, ni tampoco en otros escenarios faldenses. Bersuit Vergarabat volvía a pisar las tablas del anfiteatro, ya sin Cordera y a la vez celebrando los 30 años de formación. Y desempolvando aquel disco en vivo De la cabeza, más otros hits de su nuevo formato, se llevaron los primeros coros y pogos del público que quería fiesta y descontrol. Saltar, cantar, bailar, liberar tensiones. Y en clásicos como “El tiempo no para”, “La Bolsa” o “Se viene” la gente encontró la llave que abrió la puerta a la alegría. Y no faltó ocasión de renovar el grito de protesta con “Señor Cobranza” que parece –tristemente- no perder vigencia en nuestra democracia tercermundista pero que, para sorpresa de muchos, no encontró a ningún político específico como centro de insultos. Seguramente, mucho tiene que ver que desde el escenario en ningún momento se bajó línea ni se hizo mención a temas actuales. Final bien arriba y la primera gran ovación de la noche.
Primera pausa (no forzada) para el armado de los invitados “extranjeros” que llegaban para el prime time. Si alguna vez se dijo que Os Paralamas era la banda brasilera más argentina de los ’80, La Vela Puerca –como sus compadres de NTVG- ya son tan gauchos como Don Segundo Sombra.
Y ahí están… para los lugareños, un sueño cumplido; para sus seguidores, una ceremonia más, en una atmósfera distinta. Entre banderas aurinegras y remeras que repasan sus 9 discos de estudio (más el vivo Uno para Todos en el Luna Park y 20 Años – Festejar para Vivir), los charrúas van al frente con “el Enano” y “el Cebolla” (sí, así, con el artículo por delante, como también se los llama en su tierra) que juegan de memoria y saben cómo pasar de primera a quinta, ida y vuelta, y que todo vibre, al mismo ritmo. Y así fue, como cuando arrancaron presentando su reciente placa “Destilar” del primero al cuarto tema tal como viene en el disco, para meter un cambio y volver al 2014 Sin Avisar, 2011 con Se despierta, y al toque al 2004 para volver a sentir con Clarobscuro. Y el tiempo juega en un sube y baja de emociones y recuerdos que estallan con himnos como “De atar”, “Va a escampar”, “Zafar” y “El Gavilán” con Manuel “Manolo” Ferreiro –asistente general de escenario de La Vela- al micrófono como en el Luna. La cripta del rock en las sierras entra en su punto más alto y se aprecia el final. Y la despedida llega desde la olla con el emotivo “vamos la vela de mi corazón…”, que acompaña cada presentación de la banda, y llega hasta el pecho para poner el broche de oro a una noche, de unos y otros, “Llenos de magia”.
El break impuesto por la organización, con la puesta en escena de la banda oriunda de La Plata Sueño de Pescado, tal vez no haya sido la mejor decisión si se tiene en cuenta el punto álgido que se vivía a esa altura de la noche y que habían dejado sus antecesores. A pesar del esfuerzo del inquieto Manuel Rodríguez (voz y guitarra) por acaparar la atención de un público que había optado por un descanso en casi su totalidad, la lista de temas preparados para esta especial ocasión, pasó sin mayor reconocimiento salvo por su público cautivo que acompañó desde cerca del vallado. La única apostilla que se le puede observar al prolijo y cuidado lineup del festival.
Kapanga fue la inyección de adrenalina que llegó en el momento justo cuando el calor, las seis horas de corrido a puro rock y los sándwiches de bondiola y ternera se habían terminado, hacían mella en los ánimos de los miles y miles que llenaban el recinto. Entonces “El Mono” pegó de entrada con “El Universal” y no dio descanso intercalando rock, ska y cuarteto con varios hits que se han transformado en banderas a través de los años. La conexión de la banda de Quilmes y el público cordobés es tan fuerte, que hasta se podría decir que gozan de cierta localía no oficial pero que le permite a Martín Fabio tutearse con la gente, usando los modismo y el acento mediterráneo como muy pocos pueden lograrlo. Sonaron clásicos como “Rock”, “No me sueltes”, “Bisabuelo” o “La crudita”, pero la comunión llegó al pico más alto con “El mono relojero”, recordado tema dedicado a Duhalde que pretendía cercenar la diversión hace algunos años atrás. Tal vez unos de los momentos más parecidos a los viejos recitales en ese mismo auditórium.
La gran masa de la noche, antes, durante y después de cada artista, iba creciendo con un común denominador: remeras negras, insignias nacionales, frases en relieve y tatuajes que hablan de soberanía, patria, amor y amistad. De “se vos” y aquel "cumple sus sueños quien resiste" a "no me podrán cambiar aunque mucho lo intenten”; este Ricardo Iorio tomó revancha de aquel ausente justificado del año ’84 cuando V8 no pudo tocar por un problema de salud de uno de sus músicos. Aplomado por el paso del tiempo, las batallas libradas contra el sistema y sus caprichos –siempre desde sus letras-, el ex Hermética y Almafuerte desembarcó en tierras serranas con un puñado de viejos éxitos que colmó la gran expectativa de su feligresía que lo bancó hasta casi las 4 de la madrugada. Con una formación joven y afinada, la guitarra de Rubén Martínez y el ojo siempre atento del mismísimo Ricardo, la noche fue encontrando su desenlace con la mejor versión de los temas que ya son parte de la historia de nuestro rock nacional.
El regreso a casa tiene gusto a festival. Aquello de entregarse a los duendes del mismo punto de encuentro con la música, aggiornado y mejorado en lo técnico y hasta en lo estético. Pero con la mística de siempre. Un telón que no se cierra, sólo se corre hasta – ojala así sea- el año próximo. Será tiempo de volver al rock, a eso que es inoxidable.

 

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